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27 septiembre 2006

::: ¡OAXACA NOS NECESITA CARAJO! ::: ANÁLISIS POLÍTICO


Sale desde PROCESO:

“Oaxaca: Peor, imposible”

Jenaro Villamil

A casi cuatro meses de la grave crisis social, política y económica que se ha detonado en el estado de Oaxaca, no cabe duda que éste se ha convertido en el principal conflicto para el relevo de poder transexenal entre la administración de Vicente Fox y Felipe Calderón, y en la sombra que determinará el éxito o el fracaso de la actual clase política para resolver, sin el uso de la fuerza pública, un problema que tiene sus raíces en la desastrosa estela de corrupción de los gobiernos estatales.

Durante este lapso, el gobierno federal y las fuerzas políticas implicadas, en especial el PRI, hicieron todo para que el conflicto escalara y se colocara en un callejón sin salida. Peligrosamente, las posiciones que optan por la represión policiaca, la provocación violenta y la opción militar están ganando fuerza frente a una sociedad que mira impávida la incapacidad para solucionar el conflicto.

Inicialmente, pretendieron reducirlo a un problema sindical e, incluso, a un pleito entre el grupo político del gobernador saliente José Murat y de su sucesor Ulises Ruiz. La insensibilidad de éste y la capacidad organizativa de decenas de organizaciones sociales que se agruparon en la APPO para responder a la ola represiva de Ruiz, transformaron la situación en un amplio movimiento de resistencia social.

El gobierno federal, entrampado en la máxima sexenal “¿Y yo por qué?”, no quiso leer los graves signos de descomposición que se gestaban en Oaxaca, y pensó que se resolvería, como sucedió en el caso de Atenco, con golpes selectivos, con llamados a misa para sentarse a negociar sin resolver nada y con una torpe estrategia para “ganar tiempo”.

Lo único que lograron fue echarle gasolina al fuego, exhibir la incapacidad de Ulises Ruiz –cuyo triunfo electoral fue ampliamente cuestionado en 2005- y lograr que el expediente de Oaxaca se vinculara con la más grave crisis poselectoral nacional de los últimos años.

Ante la creciente demanda social de que renuncie Ulises Ruiz, la Secretaría de Gobernación y todo el aparato del gobierno federal hicieron exactamente lo mismo que sucedió con el reclamo ciudadano de contar “voto por voto, casilla por casilla”: ignorarlo, minimizarlo o evadirlo con argumentos de dudosa legalidad, que pretenden ser una defensa del federalismo. “Se acabó el tiempo en que el presidente quitaba y ponía gobernadores”, dijeron una y otra vez desde las oficinas de Bucareli para no moverse un ápice de su posición original en la negociación con la APPO: la renuncia de Ruiz no está en la mesa.

En realidad, la situación empeoró porque había una agenda paralela de negociación entre el PRI, el foxismo y el panismo: a cambio de “ganar tiempo” en el conflicto de Oaxaca, el PRI actuaría como una “oposición leal” y avalaría el cuestionado triunfo de Felipe Calderón. La prueba de esta alianza fue lo sucedido en Chiapas, con un resultado desastroso. En otras palabras, negociaron a partir de dos posiciones de legitimidad sumamente vulneradas: la de las fuerzas priistas oaxaqueñas y la del futuro presidente panista.

Peor, imposible. En la medida en que se mezclaron ambos conflictos, en esa medida los artífices de la “no negociación” en Oaxaca lograron que la crisis transminara a tal grado que ahora se presenta como el principal desafío político para el foxismo en su etapa terminal y el calderonismo no nato. Por si fuera poco, han colocado a las distintas fuerzas del PRI en un callejón sin salida.

Por primera vez, Felipe Calderón demandó hoy su deseo de que la administración foxista actúe y solucione el conflicto de Oaxaca para no dejarle “expedientes abiertos”.

En una entrevista radiofónica, Calderón advirtió que, si no se resuelve el conflicto, se está haciendo “un enorme daño a los oaxaqueños y a México en general”. Por supuesto, evitó pronunciarse por la salida o permanencia de Ulises Ruiz en el gobierno.

En paralelo, un grupo de gobernadores priistas, encabezado por Enrique Peña Nieto, Eduardo Bours y Natividad González Parás advirtieron en Los Pinos, a la manera clásica de los mensajes velados, que si cae Ulises Ruiz, Felipe Calderón puede poner sus barbas a remojar.

En medio de esta situación, el coordinador del PRI en la Cámara de Diputados, Emilio Gamboa Patrón, advirtió que existe riesgo de que haya “más violencia” en Oaxaca. Y como en el juego de la papa caliente, responsabilizó a Carlos Abascal, titular de Gobernación, del desenlace oaxaqueño.

El PRD, tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado, junto con Convergencia, han insistido que la única manera de encontrar el inicio de una solución a lo que se perfila como un problema más allá de las fronteras oaxaqueñas, es encontrar una salida técnica para que Ulises Ruiz deje el gobierno.

Por lo pronto, la orden del retorno a clases fue un fracaso. Sólo reabrieron mil de las 14 mil primarias que existen en el estado. Este fin de semana, la marcha de 5 mil oaxaqueños, portando carteles con obra pictórica de artistas de la talla de Francisco Toledo, llegará al Valle de México y si las medidas de resistencia civil que encabezó la coalición Por el Bien de Todos para denunciar el fraude electoral fueron “kafkianas”, según Carlos Slim, la oaxaqueñización de la capital puede convertirse en una verdadera pesadilla para una clase política que ha demostrado una insensibilidad sin límites.

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