¿Podrá cuidar a México?
"No se preocupe por el incendio en la parte trasera del avión. Nosotros viajamos en primera clase".
Recordé dicha anécdota, esta semana, mientras la nave del vuelo Madrid-México aterrizaba.
Al subir al avión lo reconocí. Se trata de un conspicuo personaje de la clase gobernante o, para ser más preciso, de un prominente miembro del gabinete presidencial.
Él estaba sentado en un asiento de Clase Premier. Yo hacía lo propio en la sección más económica. Así que no volví a verle hasta que las cortinas del pasillo fueron descorridas cuando la nave iniciaba su descenso.
La orden de apagar todos los aparatos electrónicos fue anunciada por el altavoz, como se hace en esos casos, explicando que afectan la navegación.
El funcionario hizo caso omiso de la instrucción y, con absoluta displicencia, siguió con su teléfono encendido.
Pasaron frente a él varios sobrecargos, a fin de revisar los respaldos de los asientos, los cinturones de seguridad y las puertas de los compartimentos superiores.
Ningún miembro de la tripulación fue capaz de solicitar al servidor público que apagara su celular.
Llegó el momento de repartir las prendas del guardarropa. El asistente de vuelo caminó hasta la última fila de Clase Premier para entregar su saco al político.
Sólo después de realizada esa operación, el sobrecargo se animó a dar sus cosas al resto de los pasajeros.
Acompañaban al servidor un hombre mayor y una mujer de edad mediana. Y, en clase turista, dos niños y una joven que se hacía cargo de ellos.
Asumo que se trata de su padre y de su esposa, así como de sus hijos y de una auxiliar doméstica.
Saliendo de la nave, varios guardaespaldas los esperaban, provistos de un carrito eléctrico para su transportación.
Entraron a territorio nacional sin pasar por migración y, desde luego, sin revisión de aduana.
Es triste que el servidor federal y sus acompañantes no se dignaran reingresar a México como cualquier otro pasajero.
Pero resulta intolerable que una persona, con total irresponsabilidad, pusiera en riesgo a quienes viajábamos en el avión, incluyendo a él mismo y a su familia.
¿Por qué mantuvo encendido su celular? Me atrevería a decir que lo hizo porque siente que, como funcionario, él puede hacer lo que le dé la gana.
¿Por qué la tripulación no le pidió que lo apagara? Me lanzaría a afirmar que no lo hicieron porque estiman que, como parte del gobierno, él puede hacer lo que le plazca.
Soberbia y servilismo. Dos expresiones complementarias de una misma realidad. Síntomas de subdesarrollo político y social.
"Nosotros viajamos en primera clase". El viajero de la anécdota, presuntuoso, olvidaba que quienes van en la misma nave corren con la misma suerte.
Arrogancia y torpeza aquejan al miembro del gabinete presidencial, como a muchas y muchos miembros de las élites políticas.
¿No se preocupa el servidor público por cuidar de sí mismo y de su familia? Claramente no. Por eso cabe preguntarse: ¿una persona así podrá cuidar a México?
"No se preocupe por el incendio en la parte trasera del avión. Nosotros viajamos en primera clase".
Recordé dicha anécdota, esta semana, mientras la nave del vuelo Madrid-México aterrizaba.
Al subir al avión lo reconocí. Se trata de un conspicuo personaje de la clase gobernante o, para ser más preciso, de un prominente miembro del gabinete presidencial.
Él estaba sentado en un asiento de Clase Premier. Yo hacía lo propio en la sección más económica. Así que no volví a verle hasta que las cortinas del pasillo fueron descorridas cuando la nave iniciaba su descenso.
La orden de apagar todos los aparatos electrónicos fue anunciada por el altavoz, como se hace en esos casos, explicando que afectan la navegación.
El funcionario hizo caso omiso de la instrucción y, con absoluta displicencia, siguió con su teléfono encendido.
Pasaron frente a él varios sobrecargos, a fin de revisar los respaldos de los asientos, los cinturones de seguridad y las puertas de los compartimentos superiores.
Ningún miembro de la tripulación fue capaz de solicitar al servidor público que apagara su celular.
Llegó el momento de repartir las prendas del guardarropa. El asistente de vuelo caminó hasta la última fila de Clase Premier para entregar su saco al político.
Sólo después de realizada esa operación, el sobrecargo se animó a dar sus cosas al resto de los pasajeros.
Acompañaban al servidor un hombre mayor y una mujer de edad mediana. Y, en clase turista, dos niños y una joven que se hacía cargo de ellos.
Asumo que se trata de su padre y de su esposa, así como de sus hijos y de una auxiliar doméstica.
Saliendo de la nave, varios guardaespaldas los esperaban, provistos de un carrito eléctrico para su transportación.
Entraron a territorio nacional sin pasar por migración y, desde luego, sin revisión de aduana.
Es triste que el servidor federal y sus acompañantes no se dignaran reingresar a México como cualquier otro pasajero.
Pero resulta intolerable que una persona, con total irresponsabilidad, pusiera en riesgo a quienes viajábamos en el avión, incluyendo a él mismo y a su familia.
¿Por qué mantuvo encendido su celular? Me atrevería a decir que lo hizo porque siente que, como funcionario, él puede hacer lo que le dé la gana.
¿Por qué la tripulación no le pidió que lo apagara? Me lanzaría a afirmar que no lo hicieron porque estiman que, como parte del gobierno, él puede hacer lo que le plazca.
Soberbia y servilismo. Dos expresiones complementarias de una misma realidad. Síntomas de subdesarrollo político y social.
"Nosotros viajamos en primera clase". El viajero de la anécdota, presuntuoso, olvidaba que quienes van en la misma nave corren con la misma suerte.
Arrogancia y torpeza aquejan al miembro del gabinete presidencial, como a muchas y muchos miembros de las élites políticas.
¿No se preocupa el servidor público por cuidar de sí mismo y de su familia? Claramente no. Por eso cabe preguntarse: ¿una persona así podrá cuidar a México?
Por Gerardo Puertas Gomez | El Norte | 21 julio 2007
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