El periodista Arthur Lepic recuerda en el Réseau Voltaire (20-6-07) que el 4 de junio pasado aquéllos lanzaron una huelga que paralizó la zona productora principal del sur del país y cortó durante varios días las exportaciones de petróleo, que llegan a dos millones de barriles diarios, según cifras oficiales. Antes de la invasión, se elevaban a 3,5 millones, un 50 por ciento más, y Paul Wolfowitz, uno de los arquitectos de la intervención, predecía que la producción de energéticos de Irak financiaría rápidamente los costos de la guerra. Se equivocó, claro, como cuando le aumentó el sueldo a la novia ya de presidente del Banco Mundial. La guerra ha entrado en su quinto año y no parece cercano el final, pero Irak posee el 10 por ciento de las reservas mundiales de petróleo y hay que saciar el apetito de las megaempresas del ramo, especialmente en momentos en que se comprueba que la producción mundial de oro negro declinará en los próximos años por agotamiento de las reservas hoy explotadas.
La Federación iraquí de sindicatos del petróleo exige que se anule el aumento del precio interno de los hidrocarburos, que agrava una situación económica casi insostenible, y denuncian que la LIH privatizaría los ingresos del país procedentes del petróleo “en condiciones escandalosamente beneficiosas” para las compañías extranjeras. Al Maliki ordenó cercar a los huelguistas con tropas iraquíes y lanzó órdenes de arresto contra los líderes del movimiento, mientras cazas norteamericanos sobrevolaban las manifestaciones. No pudo quebrar la huelga e hizo vagas promesas que, se sabe, están destinadas a la errancia. El proyecto de ley, que el Parlamento iraquí no termina de aprobar, es absurdo y aun increíble.
La LIH sancionaría el método del “contrato de coparticipación en la producción” (PSA, por sus siglas en inglés) que no existe en Medio Oriente desde las nacionalizaciones de los años ’70. Algo saben de los PSA los dolores de cabeza de Putin, que los heredó del gobierno corrupto de Boris Yeltsin. El proyecto de ley para Irak estipula que los monopolios extranjeros, a cambio de inversiones –reales o no–, recibirán del 60 al 70 por ciento de los ingresos petroleros durante un período de amortización de 40 años y el 20 por ciento después. Las compañías aducen que la inseguridad imperante aumenta riesgos y costos. Olvidan un pequeño detalle: la ocupación ha generado esa inseguridad y se mantiene precisamente para garantizar la obtención de ganancias con el petróleo iraquí, que Hussein nacionalizó en 1972.
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