Buscar este blog

15 julio 2007

La corrupción nuestra de todos los días

“Que el fraude electoral jamás se olvide”

Mediante aparatosa conferencia de prensa, celebrada en días pasados, el secretario de la función pública del gobierno espurio, de apellidos Martínez Cázares, informó a la opinión pública sobre el trabajo desarrollado por la dependencia a su cargo, destacando el resultado de la acuciosa investigación que lo llevó a concluir (fanfarrias y tambores de expectación) que México está inmerso en la más escandalosa corrupción imaginable (ah y oh de admiración y sorpresa) pero que, con la ayuda del Chapulín Colorado, habrá de combatirla con todo el rigor de la ley, caiga quien caiga (tambores de guerra para acompañar la velación de las armas). Que Dios bendiga a tan valeroso cruzado.

Una de dos: o el tal Martínez es un inocente marciano o es un cínico redomado. Me inclino por lo segundo; baste recordar que fue, nada más y nada menos, el representante del PAN ante el Instituto Federal Electoral durante el pasado proceso y, por ende, un actor distinguido del fraude perpetrado contra la voluntad ciudadana, la madre de todas las corrupciones. ¡Cuidado escopetas, que ahí vienen los patos! ¡Cuidado servidores públicos honrados (que los hay) algún peculado les van a inventar! ¡Cuidado corruptos (que abundan) el costo se va a incrementar! El combate a la corrupción reclama, ante todo, autoridad moral y una intachable actitud republicana, dotes de las que, ni remotamente, puede presumir el tal Martínez ni su jefe, ese que se robó la elección.

Lo único veraz es que, en efecto, México está inmerso en un mar de corrupción inaceptable que cancela la posibilidad de aspirar a una condición de verdadera justicia; el tan socorrido estado de derecho y sus sacrosantas instituciones no son, entonces, mas que caretas para encubrir el despojo y la permanencia de los privilegios. Nada nuevo. La corrupción se instauró desde la conquista (ignoro si nuestros originarios eran también corruptos) que no fue otra cosa que un despojo autorizado por la corona española y por la iglesia católica; desde entonces los cargos públicos se otorgaban por subasta con permiso y obligación de medrar, siempre que se aportase el quinto al emperador. La Guerra de Independencia se nutrió del afán de los criollos para terminar con ese estado de cosas, pero se consumó en aras de la corrupción, cuando los jerarcas de la iglesia y los acaudalados de entonces vieron peligrar sus privilegios ante el auge liberal en la metrópoli; Iturbide y sus patrones clericales querían seguir medrando con la riqueza nacional. Pasó medio siglo de asonadas y levantamientos, siempre signados por la corrupción, que nos llevó a perder la mitad del territorio. Tuvo que llegar Benito Juárez y su pléyade de liberales republicanos para dar un respiro de honradez al ambiente patrio, a base de romper con la fuente primigenia de la corrupción que era el contubernio de la jerarquía católica y los caciques militares, con el enorme costo de tres años de guerra civil y cuatro de invasión extranjera, con monarquía europea al calce. Poco le duró el gusto a la naciente república, el Plan de Tuxtepec entronizó en el poder a Porfirio Díaz y, junto con él, regresó la corrupción por sus fueros y privilegios, ahora de la mano de las más que corruptas empresas extranjeras. La Revolución Mexicana tuvo muy claros destellos de luchadores honestos, cuyo destino fue el destierro o el paredón; no obstante se avanzó en la destrucción de viejas estructuras de poder corrupto. Ya para entonces la fuente de la corrupción cambió de sede, de la catedral metropolitana se mudó a la embajada yanqui; el sistema político mexicano, tan admirado por haber producido la estabilidad durante 70 años, se fincó sobre la corrupción: el otorgamiento de canonjías a los actores políticos como licencias para medrar (no hay general que aguante un cañonazo de $50,000) fuesen aduanas o gubernaturas, contratos de obra o ministerios; la corrupción se institucionalizó. La ciudadanía cansada rompió con la hegemonía del PRI y, con gran ilusión democratizadora y moralizadora, le dio la bienvenida a Fox; más tardó el gallo en cantar, que en mostrar el cobre el inefable guanajuatense, junto con su esmerada y corrupta esposa. Algo cambió: antes los panistas tenían fama de honestos, el poder los corrompió. Finalmente, tal como sucedía en el siglo xix, los mismos privilegiados de siempre acudieron al expediente del fraude electoral para imponer un presidente a modo, a un pelele de sus intereses. Y es ese pelele el que dice luchar contra la corrupción. ¡Que hipocresía!

Vivimos en una cultura que privilegia el tener sobre el ser, en la que es un honor tener a Slim de ganador, en la que el que no tranza no avanza. Se respeta al que expresa su triunfo con auto de lujo y ropa de marca exclusiva, sin importar si se trata de un simple narcotraficante, de un vulgar bandido o de un prócer de la política y el servicio público. Dinero mata moral.

Combatir la corrupción pasa, necesariamente, por una profunda transformación de la mentalidad social, por la que se valore la moralidad, la dignidad y la honestidad como únicos méritos al respeto público; que quien las enarbole no sea vituperado como un peligro para México. Mil leyes anti-corrupción resultan inútiles si se carece de un liderazgo pro-honestidad. Se necesita valor para ser honesto. Con el fraude electoral el México corrupto intenta frustrar la honestidad valiente.

Gerardo Fernández Casanova (especial para ARGENPRESS.info)

No hay comentarios.: