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16 julio 2007

LA OLIGARQUIA CRIOLLA DEL NORTE INSISTE EN REIVINDICAR AL TRAIDOR VIDAURRI


Vidaurri | Mario Anteo | 15 Jul. 07 | El Norte | Grupo REFORMA

Con justa razón los tataranietos de Santiago Vidaurri quieren reivindicar la memoria de uno de los primeros mexicanos que se alzó contra Santa Anna. Para ello preparan una estatua de dos metros y una biografía de su polémico antepasado.

De las dos acusaciones contra Vidaurri (su apoyo a la causa separatista y su ulterior alianza con Maximiliano), digo que la primera tiene una endeble base y la segunda la explica el radicalismo de Juárez y el lío afectivo de Vidaurri con su otrora amigo Escobedo.

Las desavenencias de Vidaurri con Juárez comenzaron cuando el aguerrido Ejército Fronterizo (Escobedo, Zuazua, Zaragoza), curtido en la guerra contra los comanches y lipanes, se fusionó a las armas nacionales no como una entidad, sino desperdigando sus miembros en el ejército mexicano, lo que reprobó Vidaurri, alegando con razón que la eficacia de los "rifleros" obedecía a su unidad y compañerismo.

Sin rendir cuentas a la Federación, Vidaurri inaugura aduanas. Su objetivo es convertir a Monterrey en el pivote administrativo, político, militar y comercial del noreste de México. Excusa su proceder argumentando que sólo así solventará las necesidades de una frontera desatendida por la Federación. En 1855 explicaba al Ministro de Relaciones que con el dinero aduanal fortalecería al Ejército del Norte, a fin de enfrentar a los filibusteros texanos y las incursiones comanches.

Instalado en Saltillo con su gobierno ambulante, Juárez ordena a Vidaurri entregar las aduanas al Ministerio de Hacienda, y Vidaurri se niega. Viene entonces el rompimiento definitivo, y tal parece que Vidaurri no tendrá otra opción que aliarse con Maximiliano, otro de los monstruos de la historia "oficial".

Antes de su supuesta entrega a las fuerzas imperiales, Vidaurri, con su radical anticentralismo capaz de retar el poder de Juárez, se vio envuelto en los rumores sobre su supuesta aprobación de un plan para formar una república aparte de la mexicana, ello con ayuda gringa.

El rumor surgió a comienzos de la guerra méxico-norteamericana, cuando, como dice el investigador Paul Horgan, "nada podría ser más fácil que separar las provincias norteñas de México". Incluso algunas prominentes familias mexicanas no tuvieron reparo en ofrecer las riendas de México al invasor.

Por entonces apareció en Estados Unidos un libelo anónimo, "El derecho norteamericano de gobernar México", que decía: "Ha llegado la hora en que es imperiosamente nuestra obligación (así fue expuesto por la Providencia) tomar control de México... La masa del pueblo mexicano no tenía una idea correcta de nosotros antes de la guerra de 1847. Pero sus prejuicios contra nosotros pronto se rindieron a los hechos, y el deseo era casi universal al final de la guerra, de que el general Scott permaneciera con su ejército y mantuviera posesión del país... Entonces debimos haber liquidado todo el asunto de una vez. Habría sido una bendición de invaluable precio para México".

Seguramente el panfleto fue inspirado por Samuel Houston, quien en 1858, siendo senador del Congreso de Estados Unidos, introdujo una resolución para establecer un protectorado militar en México.

Un año después, Houston envía una carta al secretario de guerra norteamericano, John B. Floyd, donde asegura "que se le ha solicitado establecer un protectorado sobre México". Sin dar nombres, agrega que de momento no respondió a la oferta, si bien le pareció tentadora, y aclaró que, en caso de decidirse, lo haría a título personal y auxiliado de voluntarios, sin comprometer al gobierno norteamericano.

Es entonces que el rumor separatista involucra a Vidaurri, seguramente a causa del indirecto y breve contacto epistolar de Vidaurri con Samuel Houston, donde se discute una ilegal y misteriosa "comisión secreta".

La comunicación de Vidaurri y Houston se realiza a través de Juan N. Seguín, pariente de Zaragoza y entonces alcalde de San Antonio, y tal como lo transcribe y comenta el investigador Richard G. Santos, resulta clara la implicación de Vidaurri en el proyecto separatista de Houston.

Pero si consultamos directamente las cartas de Vidaurri en el Archivo Histórico de Nuevo León, notamos que Santos omite datos que dejan en claro que la "comisión secreta" encomendada por Vidaurri a Seguín no es conectar a Vidaurri al movimiento separatista, sino convenir con Houston un tratado ilegal para deportar a Estados Unidos los esclavos refugiados en México.

En otras palabras, si Vidaurri y Seguín se cartearon sigilosamente, no fue porque planearan aliarse con Houston; de hecho en una carta Seguín reprueba el filibusterismo. La verdad es que Vidaurri deseaba hacer dinero devolviendo a Estados Unidos los esclavos fugitivos, lo que contravenía las leyes mexicanas.

No obstante que estas pruebas desmienten la supuesta participación de Vidaurri en el gringo proyecto anexionista, nuestro ex Gobernador, fusilado por Díaz a la usanza de los traidores (por la espalda), permanece en la lista negra de los apátridas.

Ahora sus tataranietos resolvieron limpiar la memoria de quien, sin ser un santo ni mucho menos, tampoco fue el monstruo resentido y traidor que describe la historia "oficial". A fin de cuentas, nos referimos a un hombre que, con su fiel compañero Juan Zuazua, apreció al terruño por sobre todo.

A LO QUE EL ENMASCARADO EN EXILIO COMENTA (por lo pronto):

Vidaurri fue denunciado por el dueño de la casa donde se hallaba escondido, un angloamericano llamado Wright, después de pedirle cinco mil pesos por su silencio, suma que aquel ni pudo entregarle completa. De una interesante carta que en copia posee la familia Milmo, de Monterrey, transcribimos los siguientes párrafos relativos a las últimas horas del caudillo. Fue dirigida por James Slaughter a D. Patricio Milmo, hijo político de Vidaurri, el 10 de julio de 1867.

«… Cuando entraron los liberales a esta Ciudad, el 21 del pasado (julio, 1867), el Sr. Vidaurri determinó buscar refugio entre tanto podía salir fuera del país. En la semana del 8 de julio fue descubierto en la casa de un americano llamado Wright, a cuya casa fue llevado por el Sr. Taylor, y conducido a la Diputación… Fui a buscar al Gral. Hinojosa y fuimos ambos a ver al Gral. Porfirio Díaz, más nuestros ruegos y súplicas para que fuera juzgado, fueron inútiles. En vano le hice ver la crueldad de poner en práctica la orden dada, haciéndole ver que la guerra se había acabado, y que por lo mismo debería reinar la clemencia. Todo fue inútil; así es que salimos Hinojosa y yo y fuimos a ver a nuestro antiguo y buen amigo, siendo ya a la una del día… Cuatro centinelas guardaban la puerta. Se levantó al vernos, para saludarnos con su habitual sonrisa agradable, y sin estar desconcertado en lo más mínimo, nos abrazó; notando que los ojos de Hinojosa corrían lágrimas, le puso la mano en el hombro diciéndole: “Mi querido Pedro, hace mucho que sé que tenía Ud. Un corazón noble. Le manifestamos nuestra entrevista con Díaz y la ninguna esperanza que existía. Nos contestó que le habían entregado la orden una orden para su ejecución, que se efectuaría a las cuatro de la tarde, diciendo: “Wright me ha vendido, me pidió cinco mil pesos y ya le había dado algo…” Que estaba completamente tranquilo sin temor a la muerte… nos pidió que asistiéramos a su muerte. Quince minutos antes de la cuatro Pedro, hace mucho que sé que tenía Ud. Un corazón noble. Le manifestamos nuestra entrevista con el Gral. Díaz y la ninguna esperanza que existía. Nos contestó que habían entregado una orden para su ejecución que se efectuaría a as cuatro de la tarde, diciendo: Wright me ha vendido, me pidió cinco mil pesos y ya había dado algo…” Que estaba completamente tranquilo sin temor a la muerte. Quince minutos antes de las cuatro se presentó el Padre y nos despedimos de nuestro buen amigo por la última vez, y se despidió de mí con su sonrisa acostumbrada” «adiós, general, hasta luego». fuera de la diputación había gente y un escuadrón de caballería. Nos quedamos afuera. A las cuatro salió con un oficial y un Padre. Tenía un pañuelo amarrado sueltamente sobre los ojos y entró al coche, que se puso en marcha. Cumpliendo con su deseo, lo seguí hasta el fin, seguí al coche, lo ví bajar, oí la descarga, su alma voló al cielo…”

Santiago ROEL, NUEVO LEÓN: Apuntes Históricos, 10ª. Ed. (Monterrey: 1961)


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