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17 marzo 2007

Tepito: ya te volví a alburear...

Fabrizio Mejía Madrid, Proceso 1584

Entre el albur y la resistencia, los tepiteños que vivieron las recientes acciones policiacas en su barrio y la toma de La Fortaleza aseguran: la puerta blindada que se vio en la televisión era de “un relojero de fino” que así protegía sus pertenencias, y “el único túnel secreto que tenemos es la coladera”. Una tepiteña parece muy segura cuando afirma: “Esto no fue para detener delincuentes, que ellos saben bien quiénes son y dónde andan, sino para especular con el suelo... Tepito, yo creo, se acabó”.

La vecindad del número 40 de Tenochtitlán fue tomada por la policía desde el 14 de febrero –feliz Día del Amor–, expropiada, y está siendo demolida. Los camiones con cascajo entran y salen a la velocidad de la idea que el nuevo gobierno de la ciudad tiene del golpe mediático. Desde que se entra a Tepito por Paseo de la Reforma y Rivero se siente que algo ha ocurrido aquí. Sobre las cabezas nerviosas de un contingente de 20 policías atónitos se agita una manta que dice: “Si van a catear, favor de tocar la puerta. Aquí les abrimos”. Entre el albur y la resistencia, los tepiteños experimentaron la entrada de la policía a Jesús Carranza 33 y Tenochtitlán 40 –una vecindad con dos salidas– como una sorpresa que no les movió ni un cabello.

–Vi las torretas encendidas y me hablaron familiares por teléfono pensando que estaba sucediendo algo importante –dice Lourdes, una comerciante de playeras que vivía en La Fortaleza, entre Rivero, Toltecas y Peñón–. Salimos a ver y creímos que era un desfile para anunciar las nuevas patrullas de la policía –agrega con sarcasmo y se ríe echando el humo de su cigarro.

La televisión repitió hasta la saciedad la imagen de una puerta con candados y guarda-cerrojos de metal blanco a la que ingresaba una policía de pronto honorable, de repente no ligada en la protección del crimen organizado –así nomás, rehabilitada por la amnesia catódica–, contra unos vecinos que eran todos unos narcotraficantes muy peligrosos, dedicados a actividades inconfesables. Se calificó de “blindada” a la puerta blanca. Se mostró una pared que llevaba a un pasillo secreto.

–¿Sabes de quién había sido ese departamento? –me dice Antonia, que vive en la calle de Peralvillo. De un relojero de fino retirado que mandó hacer sus resguardos para que no le birlaran los relojes.

Su amiga, Lourdes, es de las comerciantes que se sintieron amenazadas porque en un principio la autoridad y los medios confundieron La Fortaleza con El Cuarenta de Tenoch. Fumadora en cadena, Lourdes, que es tan emblemática de cómo se ven las mujeres de Tepito, que su retrato es parte de la colección de imágenes capitalinas, ABCDF, desestima la “leyenda negra” del lugar donde vive:

–En La Fortaleza el único túnel secreto que tenemos es la coladera.

Pero algo del miedo se siente en su evasiva. Cuando se le pregunta por la idea de que existe una generación de menores de 20 a la que se tragaron las drogas, las ejecuciones y los reclusorios, voltea la cabeza y sólo sugiere:

–No me toques ésa, porque se pone trágico.

Es el más puro estilo tepiteño: la vida es un combate y, además, no es tan importante. Y te volví a alburear, pero nunca lo adivinarás.



Lo minúsculo y la grandeza



El mito fundador: Tepito es, desde siempre, un barrio acosado. Aplastado por la burocracia azteca que no le dejaba comerciar libremente sin pasar por los criterios del barrio mayor de Tlatelolco, Tepito se las arregla construyendo su templo particular y necesariamente pequeño, el Teocali-Tepitón, en cuya raíz estaría el origen de su nombre. En la Colonia, Tepito vende los “tepis”, pequeños pedazos de fierro para fundir. Lo reciclable es desde siempre la moneda de Tepito. Es un barrio de hacer con las manos, de filigrana, donde la grandeza puede ser usar una cuerda de reloj para cortar la piel de un zapato. Tepito no inventó el avión o la computadora, pero sabe copiarlos. No provino de ahí la idea de alunizar, pero pueden hacer un Nacimiento con hojas de maíz. En el trabajo manual, Tepito le imprime a su actividad algo de sagrado, de reverencia ante la adversidad, pero nunca de resignación.

Lo que se reutiliza, se rehabilita, se copia, para luego venderse.

Tepito no es un barrio de comerciantes, sino de supervivientes. “Arreglárselas”, “irla pasando”, “ahora sí le estamos pegando al Gordo”, no son resignaciones, sino combates cotidianos en una guerra que abarca 36 manzanas cercadas desde su propio mito: una ciudad que les da permiso de subsistir, pero que cada cierto tiempo los acosa y los declara, con cierta regularidad, riesgosos. De ahí el origen de su orgullo: Si “Tepito” es “lo pequeño” en el nombre, no lo es en la acción ni mucho menos en el orgullo. Es un barrio que se crece a cualquier adversidad y nunca se va. Se queda.

En muchos sentidos, el imaginario de la Ciudad de México proviene de Tepito. La idea de la subsistencia como lucha es una aportación literal: desde los comerciantes que llenan de lonas las calles para guarecerlas de la intemperie, hasta los boxeadores que se criaron en el barrio para teatralizar el combate por la existencia, hasta el albur como juego para doblar oralmente al contrincante. Ya te volví a alburear.

Si uno mira Tepito desde el aire o desde el suelo, se da una buena idea de lo que sobrevivir significa: los tendederos de ropa, los puestos de comercio, se corresponden con los tatuajes, los murales que testimonian a sus caídos contra la policía, o la gráfica de los letreros de zapateros, talacheros, fondas de “migas”, esa delicatessen barrial. Todas son banderas abigarradas de victoria: “Aquí estamos”, dice todo en Tepito. Si la Ciudad de México es el naufragio que testificamos cada día, Tepito es esa camisa en un alambre que se agita al cielo en busca, no de rescate, sino de reconocimiento: “Estamos más vivos que antes, bola de ojéis”. Tepito es la forma extrema en que el resto de la ciudad se acomoda a toda tentativa de modernización.



Nos estudiamos para entender

lo que viviremos



La tarjeta personal del cronista de Tepis, Alfonso Hernández –en muchos sentidos un clon del escritor Gustavo Sáinz–, lo presenta como “hojalatero social”. Como buen cronista, Alfonso ve en la expropiación del Cuarenta de Tenoch una batalla por desaparecer Tepito, cuyo primer capítulo fue en 1957, cuando Mario Pani, el arquitecto de los multifamiliares, se refirió al barrio como “herradura del tugurio”.

–Cumplimos 50 años de resistencia cultural en Tepito –dice con esa labia entre prefabricada e improvisada de los vendedores callejeros–. Pero no han podido con nosotros. Tepito es una fábrica de felicidad. Somos un estado de ánimo, y eso no puede expropiarse. En los sótanos creamos el infierno. En las calles todo se paga, sobre todo la ingenuidad; le cobramos impuesto. Y en las azoteas aprendemos a volar papalotes. Aquí toda la ciudad viene a sentir emociones. Hasta cuando le vienen a rezar a la Santa Muerte. Uno los ve cómo se fruncen con la huesuda. La Muerte es como el albur. Si te los albureas y se fruncen, pues ya no le sigues. Pero si responden y aguantan, dos para llevar.

Al Centro de Estudios Tepiteños, en la calle Granaditas –ahí está nuestra identidad como diminutivo–, se llega por un pasillo de puestos de discos piratas de pornografía que se anuncia, garabateada a toda prisa por la premura de salir a vender, como dura: “Sexo entre niñas de ocho a diez” –y ahí viene lo tepiteño: seguro, si lo compras, descubres que son señoritas que se acuestan entre ocho y 10 de la noche para llegar a sus casas a ver el noticiario. El Centro de Estudios es una bodega que lo mismo contiene cuadros de Tepito Arte Acá, que carteles enmarcados del Púas Olivares, que una televisión encendida que nadie mira.

–En medio siglo los tepiteños hemos ido de la imagen del ascenso social posible: el boxeador, el fayuquero, el pirata. Pero después del terremoto de la ciudad en 1985, la reconstrucción de los edificios inventó zonas urbanas con materiales precarios, asfixiantes, amontonados. Fueron los mismos políticos que ahora expropian el Cuarenta. Fueron ideas suyas donde ahora dicen que hay narcotraficantes. Lugares encerrados de los que los chavos huían hacia la calle. ¿Para qué? Para respirar. Y se convirtieron en territorios donde tocabas, te abrían el portón y te preguntaban: “¿cuántos?”. Y nadie se quejaba porque tenían miedo. Nos fuimos adaptando. Por eso no existió resistencia cuando entró la policía al Cuarenta. Nos quitaron un lugar previamente expropiado por el miedo. Pero la clave de por qué entró la policía tiene que ver con la amistad y enemistad del jefe de Gobierno con El Padrino de Jesús Carranza. Es una historia vieja que viene de cuando se reconstruyó el barrio tras el terremoto.

El cronista no quiere abundar en la “vieja” historia. La mitad de la gente con la que hablé no quiso decir datos más que fuera de registro. Hay miedo: más de 30 ejecuciones por año. Dos más cuando la policía ya “controlaba” la zona. El cronista sólo elabora sus barroquismos de “hojalatero social”:

–No hay barrio sin sombra. A veces eres águila, otras, sol.



El arte de acá



Fierros que serán fundidos para hacer “fundiciones”, zapatos reparados tantas veces que ya sólo saben acostarse, calzones en los que lo sexy es que no estén agujerados, WC a 30 pesos si lo necesitas; si no, guarda tu dinero para que alguien más te lo quite; sacos alineados para cuando te cases y, después, seas el chambelán de tu esposa; sonideros que compiten no en guapachez, sino en decibeles; payasitos donde la gracia es que sigan existiendo; muñecas tan baratas que no podrías dormir con ellas y la luz apagada; marcos para el retrato de las vacaciones en el Ajusco; llantas que rellenas de cemento cumplen con la función contraria a la de rodar; huacales vacíos que apartan su propio hábitat en el Eje; exprimidores de limones que se desportillan con el ácido, Tepis Company; maniquíes sin brazos, iguales a los que le cortaron a Cristo, no en la Pasión, pero sí en la imaginación artesanal; el boxeador Cleto Reyes; la cancha de futbol que no se llama Estadio Azteca ni Jalisco, sino humildemente Maracaná; El Tirantes, Doña Queta y su Santa Muerte; la Casa Blanca donde nacieron Los Hijos de Sánchez que le garantizaron a Óscar Lewis el exilio; Ramón Rojo La Changa como el primer DJ del mundo; Daniel Manrique y su Arte Acá porque el de allá era el de Bellas Artes; lo “chiro” como superlativo de lo chingón, lo “chiro” como desdén de superioridad sobre el resto de la ciudad, del país, del mundo. El orgullo tepiteño que no tiene ni justificación ni pretexto, aunque sí una larga historia: ¿sabías que hay una calle en la ciudad francesa de Oullins que se llama “Rue Tepito”? Círculo interior que ve todo lo de afuera de sus 34 cuadras con tanta distancia como para alburearlo, asaltarlo y abandonarlo. Aunque, sobre todo, para venderle y convencerlo de comprar. “Acá” es la cercanía del barrio tan pegada que se alimenta de riñas, rumores y borracheras organizadas para arreglar la vida, “allá” la vecindad normal de ni siquiera saludarse en las mañanas.



Los días del desalojo



La policía llegó al 40 de Tenochtitlán y al 33 de Jesús Carranza a las tres de la mañana del 14 de febrero pasado. Los vecinos entraron en una especie de pasmo. “Yo creo que hasta habían calculado lo que nos iba pasando en la mente”, dice Veneranda Pérez, la hija del que año tras año organiza la peregrinación de Tepito a Chalma. Salida de un cuadro de Diego Rivera –sólo le faltan los alcatraces–, Veneranda relata las sensaciones una vez que entró la policía: los aislaron de los vecinos, los amenazaron con que si no desalojaban los meterían en prisión, les leyeron expedientes judiciales ya prescritos con la idea de que podrían revivirlos.

–Nos tomaron fotos y nuestros datos quesque para un censo, pero era como si nos estuvieran fichando. Fue la peor semana de mi vida. No dormíamos porque la policía se paseaba por los pasillos y en cualquier momento podía entrar a mi casa.

Estudiante de artes plásticas, Veneranda sólo tiene 22 años. Pero su familia tenía más de 100 años viviendo en ese solar ahora expropiado. Sacados de su casa histórica y patrimonial en el sentido más literal del caso, los Pérez viven ahora enfrente, en casa de un tío. El padre de Veneranda se quedó callado, en silencio, después de que le sacaron sus cosas a la calle donde su padre lo enseñó a caminar. Su madre, de Tlaxcala y a quien nunca le gustó realmente la ciudad, llora. Con el desalojo se ha vuelto más tepiteña que Armando Ramírez. No pueden creer lo que les ocurrió: perder su casa sin un terremoto de por medio.

–Nos ofrecieron 130 mil pesos pagables en el transcurso de un año, o sea, no todo junto. ¿Tú crees? Luego nos ofrecieron unas casas en las afueras de la ciudad que no llegan ni a luz ni tienen agua. Esto no fue para detener delincuentes, que ellos saben bien quiénes son y dónde andan, sino para hacerse de un terreno enorme a ocho cuadras del Centro Histórico remodelado. Es para especular con el suelo. Y Tepito les estorba en su plan. Es un viejo plan del PAN en el DF que ahora le toca a la izquierda llevar a cabo. Tepito, yo creo, se acabó. Lo van a invadir para remodelarlo como a la avenida Juárez, lo lavarán, le harán banquetas nuevas, le pondrán arbolitos. Y se lo venderán al Sheraton. Nosotros en el Cuarenta no logramos organizarnos. Nos tomaron por sorpresa y la ciudad nos abandonó. ¿Quién va a defender a unas familias pobres que en la tele dicen que son narcotraficantes? Te quitan el trabajo, la casa y los recuerdos. Entonces el barrio se convierte en algo más íntimo que ya no te abandona. Eso es lo que siento con este desalojo –dice y se señala el corazón.



Una vieja historia o del porqué

de esta crónica



Mis abuelos se encontraron en un café de Sunset Boulevard en Hollywood en los años treinta del siglo XX. Él había ido a buscar la fama como bailarín de tap y terminó con la cara hundida en el café que no tenía para pagar. Ella fue a tratar de ser Lupe Vélez, pero acabó sirviendo mesas. Después de que mi abuela le regaló varios cafés al triste bailarín, los dos se escucharon con perplejidad: mi abuelo había nacido en la calle de Tenochtitlán y ella en Aztecas. Los dos de Tepito habían viajado miles de kilómetros para encontrarse. Y un tanto frustrados, aunque enamorados, se regresaron a su barrio, donde nació mi madre. Cuento esta historia porque no importa adónde vayan los tepiteños, siempre regresan. Es el barrio donde el origen no es la pobreza, ni siquiera el comercio o la devoción a la suerte. Es el simple orgullo de pertenecer y jamás irse, aunque te vayas.

Si los chilangos somos duros de roer, los tepiteños son más. Lo que hace de Tepito más barrio que bravo es su disposición al relajo, a no tomarse en serio ni la vida ni la muerte. Esa es la condición de sus rostros de la supervivencia tan bien fotografiados por Francisco Mata en una reciente muestra: los combates cotidianos se van grabando en las caras, pero, sobre todo, en las sonrisas.

–¿Y qué van a hacer ahora? –le pregunto a Lourdes, la vendedora de playeras.

–Pues, ¿qué más? A coger y a mamar que el mundo se va a acabar.

La carcajada me persigue hasta ahora.

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