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19 marzo 2007

>>> en pocas palabras <<< Reflexiones

Nos proponemos en esta columna de cuando en vez abordar los temas del recorrido histórico y político de los Estados Unidos que se entrelazan con México. Tratar de entender, aprender y comprender el pasado, presente y futuro estadounidense a la luz de nuestro muy particular punto de vista. Y en ese espíritu de libertad aceptamos dos compromisos: la negativa a mentir sobre lo que uno sabe y la resistencia a la opresión.

Tengo ambas nacionalidades. Pero siendo primero mexicano, reacciono como un mexicano y, sencillamente tengo menos prejuicios que la mayoría de mis paisanos, con el hecho de no mofarme de los estadunidenses por sentir de manera distinta que yo. Al dejar de mofarnos de los estadunidenses no somos sencillamente condescendientes. Creo firmemente que, entre todos los ciudadanos de los Estados Unidos, no existe ninguno que imite las maneras extranjeras con tanta constancia y regularidad como lo hacen los anglomaniáticos de nuestra alta sociedad. Otro punto importante es el de observar si la gente acomodada de un lado del Río Bravo es más discreta que la del otro. En materia de gustos (es decir, de sentido artístico aplicado a los objetos comunes) la sociedad acomodada y aficionada al lujo de ambas regiones en su totalidad se equilibra. Las casas modernas de los muy ricos, no son menos lujosas y sorprendentes en México que en los Estados Unidos. Se menciona que los estadunidenses tienen siempre la costumbre de mencionar el precio de un objeto valioso al estarlo exhibiendo. Esto a veces es cierto, pero la diferencia entre ellos y nosotros se reduce simplemente a que ellos lo mencionan abiertamente, mientras que nosotros dejamos influir la misma información bajo un juego de palabras. En lugar de un acto de vanidad, nosotros hacemos dos; deseamos demostrar que el costo es aceptable pero que es todavía mejor cosa aparentar indiferencia. El secreto de los Gigantes Norteamericanos lo noto más bien en su manía de acumular objetos en cantidades excesivas, bajo la impresión errónea de que así multiplicarán la felicidad. Actúan como aquel hombre, extasiado ante el aroma de un perfume fragante, que vació el frasco en su pañuelo. Ejemplos existen en cada país de semejante intemperancia en el gozo y particularmente con los refinados deleites para los que, más que otra cosa, se necesita tener un sentido de proporción.

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