J. Alejandro Peyro, Revoluciones
La sociedad consciente se ha movilizado en estos meses, como quizá nunca en la historia de México. Protestando, exigiendo, pero lo más importante, informándose a fondo e informando a aquellos en apariencia indiferentes a los crímenes que "su" gobierno comete todos los días.
Para todos aquellos que, con buena o mala fe, "diagnostican" que el movimiento ciudadano (la resistencia) disminuye y languidece, sólo habrá que recordarles la historia. Hasta antes de 2006, el más escandaloso fraude electoral en nuestro país había sido el de 1988, y a estas alturas, en febrero de 1989, el descontento social y la crispación eran mucho menores que lo que hoy día vivimos.
Por supuesto, una diferencia fundamental eran los personajes que usurparon la presidencia de la República. Carlos Salinas de Gortari puede ser acusado de muchas cosas: es un criminal, un vendepatrias, etcétera. Pero su inteligencia y sagacidad para prevalecer y fustigar a sus adversarios no están en duda. Felipe Calderón es también un personaje muy sombrío, pero a diferencia de Salinas, tiene un sinnúmero de carencias personales que son evidentes, es torpe políticamente, timorato, irascible, en pocas palabras incapaz; incompetente hasta para sus propios jefes, los especuladores y empresarios mafiosos, similares y conexos.
El repudio constante a que se ve sometido y el desproporcionado miedo que vive (porque se ve claramente en su semblante), la torpeza o mala leche de su equipo, la indiferencia que incluso los medios de difusión paleros le tienen (basta recordar su primera conferencia de prensa, ante un patio de Los Pinos vacío), el desprestigio y la ilegitimidad de su gestión a nivel internacional, hacen que este pequeño hombre de Michoacán viva, literalmente, una pesadilla. Es el presidente más débil que haya tenido el país.
Todo ello tiene una sencilla explicación. Calderón no tiene nada. Como presidente de la República, no tiene legitimidad, por lo que recurre, como en campaña, a decir una mentira mil veces para ver si se la creen. No tiene respaldo popular, sólo el policial para protegerlo del pueblo al que según esto gobierna. Los resultados están a la vista.
A los millones de ciudadanos que repudiamos la usurpación de Calderón, tengo a bien proponerles un enfoque que tal vez ya comparten, pero que no se ha contemplado de forma nítida. Por supuesto, desconocemos y reprobamos al espurio, pero nuestro repudio, para que sea efectivo, no debe concentrarse en manifestaciones de desprecio o inclusive odio. Repudiamos la usurpación y el crimen que Calderón representa, su persona nos causa otro tipo de reacciones emocionales.
El rencor es propio de quien no es democrático ni tolerante, y nosotros somos parte de un movimiento democrático e incluyente. El descontento social, para propiciar un cambio positivo, debe ser orientado hacia la anulación moral del adversario. Por ello, y entendiendo que la mejor forma de repudio no es el odio ni la diatriva, he pensado en que Felipe Caldérón, el usurpador de la presidencia, debe saber que, como el perdedor de la elección y sirviente que es, "el pueblo de México no lo odia, sólo siente lástima por él".
La sociedad consciente se ha movilizado en estos meses, como quizá nunca en la historia de México. Protestando, exigiendo, pero lo más importante, informándose a fondo e informando a aquellos en apariencia indiferentes a los crímenes que "su" gobierno comete todos los días.
Para todos aquellos que, con buena o mala fe, "diagnostican" que el movimiento ciudadano (la resistencia) disminuye y languidece, sólo habrá que recordarles la historia. Hasta antes de 2006, el más escandaloso fraude electoral en nuestro país había sido el de 1988, y a estas alturas, en febrero de 1989, el descontento social y la crispación eran mucho menores que lo que hoy día vivimos.
Por supuesto, una diferencia fundamental eran los personajes que usurparon la presidencia de la República. Carlos Salinas de Gortari puede ser acusado de muchas cosas: es un criminal, un vendepatrias, etcétera. Pero su inteligencia y sagacidad para prevalecer y fustigar a sus adversarios no están en duda. Felipe Calderón es también un personaje muy sombrío, pero a diferencia de Salinas, tiene un sinnúmero de carencias personales que son evidentes, es torpe políticamente, timorato, irascible, en pocas palabras incapaz; incompetente hasta para sus propios jefes, los especuladores y empresarios mafiosos, similares y conexos.
El repudio constante a que se ve sometido y el desproporcionado miedo que vive (porque se ve claramente en su semblante), la torpeza o mala leche de su equipo, la indiferencia que incluso los medios de difusión paleros le tienen (basta recordar su primera conferencia de prensa, ante un patio de Los Pinos vacío), el desprestigio y la ilegitimidad de su gestión a nivel internacional, hacen que este pequeño hombre de Michoacán viva, literalmente, una pesadilla. Es el presidente más débil que haya tenido el país.
Todo ello tiene una sencilla explicación. Calderón no tiene nada. Como presidente de la República, no tiene legitimidad, por lo que recurre, como en campaña, a decir una mentira mil veces para ver si se la creen. No tiene respaldo popular, sólo el policial para protegerlo del pueblo al que según esto gobierna. Los resultados están a la vista.
A los millones de ciudadanos que repudiamos la usurpación de Calderón, tengo a bien proponerles un enfoque que tal vez ya comparten, pero que no se ha contemplado de forma nítida. Por supuesto, desconocemos y reprobamos al espurio, pero nuestro repudio, para que sea efectivo, no debe concentrarse en manifestaciones de desprecio o inclusive odio. Repudiamos la usurpación y el crimen que Calderón representa, su persona nos causa otro tipo de reacciones emocionales.
El rencor es propio de quien no es democrático ni tolerante, y nosotros somos parte de un movimiento democrático e incluyente. El descontento social, para propiciar un cambio positivo, debe ser orientado hacia la anulación moral del adversario. Por ello, y entendiendo que la mejor forma de repudio no es el odio ni la diatriva, he pensado en que Felipe Caldérón, el usurpador de la presidencia, debe saber que, como el perdedor de la elección y sirviente que es, "el pueblo de México no lo odia, sólo siente lástima por él".
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